home  
Centro de Museos de Buenos AiresMuseo de la CiudadMuseo Cine Pablo Ducrós HickenMuseo de Arte Popular José HernándezMuseo de Arte Español Enrique LarretaMuseo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández BlancoMuseo de Arte  Moderno  de  Buenos AiresMuseo de Esculturas Luis PerlottiMuseo de Artes Plásticas Eduardo SívoriMuseo Casa Carlos Gardel   Museo Histórico Cornelio de Saavedra Torre Monumental  
 
  museos l actividades l servicios l red de museos porteños l prensa l boletín
     
 
 
     
       
    Servicios  
 
Trabajos de investigacion

Arte concreto argentino, los materiales. Entrevistas por Pino Monkes >>

Las ediciones ilustradas del Martín Fierro. Juliana María Lozada >>

III Jornadas de Museología>>

El ñande reko (modo de ser guarani). Dra. Antonia Rizzo y Dra. María Carlota Sempé - UNLP>>

Colores en los Andes. Hacer, saber y poder. Dra. Gabriela Siracusano >>

El retorno de los inmigrantes. Dedier Norberto Marquiegui >>

 

Las ediciones ilustradas del Martín Fierro. Juliana María Lozada

Las primeras ediciones de El Gaucho Martín Fierro no fueron ilustradas. Sin embargo las correcciones a la obra que hizo Hernández antes de su muerte y que alcanzaron hasta la duodécima edición, revelan el interés del poeta en ir mejorando su producto. Como afirma Rivera, Hernández estaba interesado en la difusión del poema y eligió estratégias de promoción y circulación para aumentar la difusión de la obra. El tipo de soporte elegido por el autor fue el folleto porque así se editaba la literatura que consumía el segmento al que apuntaba que eran los humildes hombres de campo.

Ver el trabajo completo (formato pdf) >>

 

III JORNADAS DE MUSEOLOGÍA : (ponencias en formato pdf)

Políticas Curatoriales en Museos, Instituciones Públicas y Privadas

Curaduría y Nuevas Tecnologías Hoy, por Lic. Rodrigo Alonso, Docente, Crítico de arte e investigador especializado en nuevos medios. >>

Conflictos y Estrategias en el Desarrollo de un Programa de Exhibiciones, por María Marta Reca, coordinadora de la Unidad de Exhibición del Museo de La Plata (U.N.L.P.) >>

El Catálogo como espacio de Poder Curatorial, por Natalia Silberleib, Maestría en Administración Cultural, Docente de la UBA. >>

Políticas de la in-diferencia: el concepto de la exposición internacional en la era globalizada, por Lic. Valeria González, Curadora, investigadora y docente de la UBA>>

<<

 

Patrimonio Público en Museos y en Colecciones Privadas

Museos Argentina, un Lugar en el Mundo, por Lic. Patricio López Méndez, Curador del Museo de Arte Hispanoamericanos Isaac Fernández Blanco. >>

Arte Argentino- Los Materiales, por Pino Monkes, Conservador-Restaurador Museo de Arte Moderno de Buenos Aires. >>

<<

 

Gestión Cultural y Museos

La Promoción Gubernamental de la Cultura. Democratización y Poder, por Lic. Juan Carlos Biglia, Asesor de la Dirección Nacional de Patrimonio y Museos de la Secretaría de Cultura de la Nación. >>

Estudios de Público y Procesos de Patrimonialización en el Museo de Arte Popular José Hernández, por Dra. Mirta Bialogorski, profesional del Museo de Arte Popular José Hernández >>

<<

 

Museos y Ámbito Social

Propuesta de Intervención Didáctica: Itinerario Zona Puerto y Museo Cleto Ciocchini de la Ciudad de Mar del Plata, por Ana Boullón, Adriana Chavarri, Silvia di Filippo y Laura Romero, Grupo de Extensión en Gestión Cultural de la Fac. de Arquitectura y Urbanismo de la Univ. Nac. de Mar del Plata. >>

Identidad Regional y Globalización, por Edgardo Chacon, Roberto Crowder, Sergio Poggi y Alcides Aguirre, equipo docente del Instituto Superior de Formación Docente y Técnico Nº 8 de Museología de La Plata. >>

Los Grupos Escolares en el Museo Nacional de la Inmigración, por Lic. Silvia Benza, Maestría en Administración Cultural de la UBA>>


<<

 

Arte concreto argentino, los materiales. Entrevistas por Pino Monkes

ARTE CONCRETO ARGENTINO – LOS MATERIALES 2007

Descargar entrevista con Alejandro puente (edición 2007) >>

Descargar entrevista con César paternosto (edición 2007) >>


Introducción

El presente trabajo, pretende reunir datos acerca de materiales utilizados y técnicas de ejecución, de los artistas plásticos que formaron parte del movimiento comúnmente designado como “ARTE CONCRETO”, en nuestro Río de la Plata, cuya gestación se dio, promediando la década del cuarenta.
Si bien, el período fue muy rico, también resultó compleja su estructura y su fragmentación, primero en dos grupos fundamentales: “Arte Concreto Invención” y “Madí”, y luego en alejamientos personales en búsqueda de una relectura propia de ese lenguaje, aunque conviene aclarar, que gran parte de materiales y técnicas fue un punto de coincidencia para todos sus miembros, por lo menos en los comienzos del movimiento y es a hacia donde se proyecta el trabajo, la “materialidad de la obra de arte”.
Los artistas entrevistados fueron: Raúl Lozza, Martín Blaszko, Juan Melé, Manuel Espinosa y Alberto Molemberg. Las charlas se llevaron a cabo en los propios lugares de trabajo de los artistas.

El material procura ser de utilidad para conservadores de arte contemporáneo o conservadores y restauradores de pintura de caballete tradicional, que se vean enfrentados a una obra de éste período, y aspira a que, aparte de las problemáticas de deterioro en sí de las piezas, se llegue a comprender la importancia de la propuesta estética de éstos artistas, a la hora de encarar la intervención de una pieza de este período. Si bien, éste último requisito vale para toda intervención, en el caso del arte contemporáneo, más que en ningún otro, se impone como punto ineludible de partida.
También resultan de suma importancia, las especulaciones y el pensamiento del artista, respecto de las técnicas y procedimientos de conservación y restauración, de uso generalizado hoy día, desde las técnicas tradicionales de conservación-restauración, las más “ilusionistas” o “miméticas” hasta las actitudes más “puristas”, así como también llamadas “intervenciones indirectas”, las cuales apuntan a temas de presentación de las piezas en exhibición y el control ambiental del entorno, tales como vitrinas climáticas, iluminación, montaje y manipuleo.

Ver el trabajo completo>>

 

Pino Monkes
Conservador – Restaurador
Museo de Arte Moderno – Buenos Aires

<<

 

El ñande reko (modo de ser guarani)

La sociedad guaraní se forjó como un modelo cultural de adaptación a las tierras bajas Tropicales y subtropicales, denominado de agricultura itinerante o sedentarismo semipermanente, que los llevó a desarrollar grandes procesos migratorios a lo largo de
las cuencas fluviales del Paraguay, Paraná, Uruguay y Plata.
Estos movimientos migratorios se iniciaron a principios de la Era, desde la región del Paranapanema en Brasil, con dirección Sur hacia la cuenca del Plata donde se encuentran establecidos hacia el siglo XV, y por los estados de Sao Paulo y Río Grande do Sul hasta la costa atlántica. Hacia el siglo VII quedó plasmado un modo de ser guaraní en sus aspectos fundamentales, alcanzando su período de auge expansivo hacia el siglo IX d.C.


En Misiones predomina el clima subtropical sin estación seca, ni vientos del norte. La franja ribereña, que delimita a la provincia, presenta mayor humedad y menor cantidad de heladas anuales, lo que ha gravitado mucho en la selección de los sitios de asentamiento indígena. La franja costera del río Uruguay se caracteriza por una formación mesetaria muy disectada por los surcos fluviales afluentes, originando un paisaje maduro de lomadas redondeadas entre los que se destacan el Cerro Monje (271m s/n/m) y Cumandaí (225m s/n/m) ubicados ambos en el Dpto. San Javier. La franja del Paraná presenta un clima más moderado.

En la provincia predominan los suelos lateríticos, de intenso color rojo, cuyas variaciones influyen en el desarrollo de las comunidades vegetales naturales. Por ejemplo, hacia el sur de la provincia predominan los suelos arenosos, aluvionales y menos fértiles, que originan un paisaje de pastizales. La selva misionera cubre todo el norte de la provincia y su límite sur pasa actualmente por Santa Ana, Oberá y Puerto Panambí. Desde esta localidad hasta San Javier se extiende una franja de transición caracterizada por pastos duros y semiduros en los bajos y una selva en galería que bordea los ríos afluentes y la costa.

Los sitios arqueológicos de la tradición tupiguaraní corresponden a ocupaciones semisedentarias con economía agrícola de maíz, recolección de moluscos, pesca y caza. Los sitios se localizan, por lo general, sobre las lomadas costeras y en las laderas de los cerros. Existen variantes en cuanto a la intensidad de las distintas actividades económicas, lo que estaría relacionado con la distancia de los sitios al río.

Las aldeas estaban constituidas, como mínimo, por unas diez unidades habitacionales de diez a doce metros de diámetro. La extensión total de las mismas alcanzó aproximadamente unos cien metros cuadrados. Los restos alimenticios encontrados son claramente indicativos de una economía basada en la agricultura, caza, pesca y recolección de moluscos. Se han encontrado pesas de redes hechas en arcilla y hay presencia en los deshechos alimenticios de distintas variedades de peces. Los restos vegetales indican el cultivo de maíz. Hay mamíferos terrestres como la mazama (ciervos), el pecarí, el agutí, etc.
De acuerdo a los porcentajes analizados, predomina la dieta basada en recolección de moluscos fluviales, especialmente en los sitios cercanos a los ríos. Las casas eran rectangulares de madera con divisiones interiores y techo de paja, en ellas vivían más de una familia y tenían fogones comunales.

De acuerdo a las crónicas de la época de contacto, existía una división sexual de actividades, las mujeres se dedicaban a labores agrícolas como el carpido de la tierra y la cosecha, los hombres, en cambio, araban, sembraban y realizaban la roza y quema del bosque. Estos grupos usaban arco y flecha, y realizaban prácticas rituales como la antropofagia.

Una característica notable de los sitios de ocupación arqueológicos es la abundancia del material cerámico, en algunas habitaciones se han llegado a recuperar hasta 6.000 fragmentos de vasijas de formas variadas, pintadas o corrugadas.

Las evidencias arqueológicas indican que en época histórica los movimientos migratorios fueron una de las características de estos grupos que se movieron en un amplio espacio geográfico hasta territorios muy distantes, como el pie de los andes peruanos. Los investigadores han señalado que estas migraciones estuvieron ligadas a las características de la sociedad y la capacidad de sustentación del medio ambiente, por lo cual estos movimientos se produjeron por crecimiento demográfico, disputas por liderazgo y, también, por motivos religiosos, como lo fue el llamado mesianismo guaraní en busca de la tierra sin mal. La necesidad de buscar una buena tierra que garantizara la agricultura que proporcionara la divina abundancia (Schmidel).

Con la llegada de los españoles a la región la antigua sociedad guaraní se desintegra. El Ñande Reko, o modo de ser tradicional, es reemplazado por el teko piahu, el nuevo modo de ser guaraní que surge de la integración guaraní a la sociedad colonial misionera. Según las crónicas, los caciques guaraníes mostraron recelo de las transformaciones que estaban ocurriendo (Necker Louis, 1990) ya que en la estructura social se rompe con el parentesco o cuñadazgo como forma de alianza social entre caciques.

El trabajo de evangelización realizado sistemáticamente en Paraguay por los franciscanos hasta fines del siglo XVI (1580), y continuado por los jesuitas desde principios del siglo XVII, fue una respuesta a la situación de contacto. En este momento la dominación se define como “conquista espiritual” y, como tal, modificó la cultura guaraní en su esencia, produciendo una nueva morfología social, cambiando las reglas de parentesco, modificando la estructura espacial de las aldeas y eliminando las antiguas formas religiosas tribales. La negación de la religiosidad funeraria trajo, como consecuencia, la pérdida rápida de la tradición decorativa cerámica con la desaparición paulatina de la pintura policroma y los diseños complejos. Durante la etapa española las formas más frecuentes de decoración fueron el corrugado más pequeño, el escobado y el baño de pintura roja.

Ruiz de Montoya (1634) definió a las reducciones en los siguientes términos: Llamamos a reducciones los pueblos o poblados de indios que, viviendo a su antigua usanza, en selvas, sierras y valles, junto a arroyos escondidos, en tres, cuatro o seis casas apenas, separados unos de otros por cuestión de leguas, dos, tres o más, fueron reducidos por los padres a poblaciones no tan pequeñas y a la vida política y humana beneficiando el algodón con que se visten, porque en general vivían en la desnudez.

Dra. Antonia Rizzo
Dra. María Carlota Sempé
Docentes e investigadoras UNLP - UNLP

<<

 

Colores en los Andes. Hacer, saber y poder

Hablar de colores en los Andes es hablar de una historia olvidada. Una historia en la que el color, ya sea en su dimensión material o en su dimensión cromática, hilvanó antiguas formas de socialización y construyó un universo simbólico sobre el que se asentaron las prácticas de quienes habitaron el extenso territorio del Virreinato del Perú durante los siglos XVII y XVIII.
Esta muestra pretende exhibir las variadas maneras, usos y funciones que los polvos de colores asumieron tanto en la producción artística, como en tantas otras prácticas culturales en las que estos mismos polvos exhibieron una simbólica distinta –pero no menos importante – para los habitantes de la región andina, fueran indígenas, españoles, mestizos, esclavos, o criollos.
Mediante un trabajo interdisciplinario y una metodología anclada en la historia cultural, “Colores en los Andes” se presenta como el producto de una investigación científica que reunió a la historia del arte con la química, en tanto campos disciplinares capaces de complementarse y enriquecerse mutuamente.

Los colores, entonces, son los protagonistas de este relato. Su presencia en las obras expuestas nos permite trazar un extenso mapa de prácticas que los involucraron. En las escudillas de los pintores, en los manuales de pintura y libros de secretos, en las listas de mercadería que llegaban de ultramar, en los morteros de los boticarios, o como ofrendas en el espacio de lo sagrado, ellos son la llave de entrada para sumergirnos en una historia que conjugó creatividad, experimentación, memoria y poder.

LA MATERIA COMO DOCUMENTO
Los pintores que circularon por la región andina durante el período colonial fueron los creadores del conjunto de imágenes que acompañó los procesos de conquista y evangelización, aplicando diferentes recursos técnicos, compositivos, estéticos y estilísticos.
Pinturas, grabados, documentos escritos y visuales, nos ofrecen distintas entradas hacia la comprensión del proceso creativo. El estudio de la materia nos permite abordar las obras desde otro lugar.
La obtención de una minúscula e imperceptible muestra de materia pictórica puede ofrecer numerosos datos, desde la identificación de los materiales utilizados – pigmentos, colorantes, ligantes, resinas, aceites y barnices –, hasta la manera en que aparecen dispuestos en diferentes capas, sus mezclas, o morfología. A su vez, estos datos materiales, procesados a la luz de las ciencias químicas, aumentan su carga de sentidos cuando, a partir de una historia cultural del arte, los pensamos como indicios de prácticas pasadas, cuando les otorgamos el lugar de documentos que nos permiten rastrear aquellas huellas o pistas de ejercicios y elecciones que ocurrieron en el espacio del taller.

¿Qué conocimientos son los que entonces podríamos obtener a partir de esta nueva mirada histórico cultural sobre la materia, que nos anima a acercarla al quehacer de los arqueólogos?

  • Una identificación más precisa acerca de los colores utilizados en los talleres andinos, junto con la terminología con que se los nombraba, fuera indígena o española.
  • La procedencia, precios y rutas de comercialización de dichos colores.
  • La manera en que fueron molidos y manipulados, en mezclas y combinaciones, por los diferentes artistas.
  • La posibilidad de colaborar con la datación y atribución de estas obras, en su gran mayoría anónimas y sin fechar.
  • La elección de ciertos materiales y los conocimientos que debieron tener dichos artistas en cuanto a obtención, técnicas, riesgos que estos materiales suponían.
  • Su adecuación o no a los manuales y recetarios de la época.
  • Problemas inherentes a la adquisición de tecnología para el uso de ciertos materiales.

Por lo tanto, esta mirada microscópica e indicial sobre los colores permite algo más que conclusiones técnicas. Ella parte de lo material para avanzar sobre las costumbres, ideas y concepciones de quienes manipularon estas sustancias, insertando a estas pinturas en nuevos relatos y nuevas interpretaciones. Es por ello que hemos organizado el guión alrededor de tres ejes temáticos – Hacer, Saber y Poder – que permitirán conocer y analizar el lugar que ocuparon los colores en la pintura colonial andina, a la vez que resignificar estos datos materiales de acuerdo a las diversas prácticas que intervinieron.

EL HACER
La práctica de la pintura guardó durante siglos un costado que la ligó a aquellas actividades consideradas mecánicas o serviles. El uso de pinceles, piedras de moler, lienzos, y por supuesto, los colores evidenciaban que existía una serie de actividades manuales que acercaba a los pintores a labores vinculadas con el artesanado.
Esta situación redundó, obviamente, en la dificultad para la adquisición de un prestigio social que los pintores intentarían revertir con el correr de los años. Las acciones y escritos a favor de la defensa de la “noble pintura” y el rechazo al pago del impuesto conocido como alcabala – que pesaba también sobre los pigmentos – , fue el recurso que ellos aplicaron para ubicarse en un lugar distinto dentro de la sociedad moderna.
Frente a esta situación metropolitana, la escena en el Virreinato del Perú guardó matices compartidos pero también más laxos.

En cuanto a la creación de imágenes, la alta demanda de iconografía religiosa en centros como Cusco, Lima o Potosí, supuso un régimen de producción sostenido por la circulación de grabados y pinturas de origen español, flamenco, italiano o francés, utilizados como fuentes a copiar o reformular, según las necesidades. A su vez, los manuales de pintura europeos funcionaron como guías tanto para el aspecto compositivo como para aquellas tareas vinculadas con la “cocina” de la pintura, en la que los colores estaban involucrados.
En una combinación de conocimientos adquiridos, experimentación, e ingenio, los pintores andinos utilizaron pigmentos y colorantes tales como el oropimente, el bermellón, los “polvos azules”, el carmín, la malaquita, o el smalte, entre tantos otros, para ser aplicados en los lienzos. De procedencia local o traídos en los barcos desde ultramar, los colores recorrían largas distancias para terminar en los mercados y centros de distribución, tal como señalan las crónicas y las listas de mercadería de la época.
En consonancia con estos datos, la mirada microscópica sobre la materia nos enfrenta con un universo de técnicas y elecciones estéticas que ponen en evidencia la destreza y pericia que los pintores coloniales desplegaron sobre cielos, mantos o estrellas.

EL SABER
Entre el hacer y el saber, los colores iban de la mano de un corpus de conocimientos que trascendían el espacio del taller. Efectivamente, aquellos metales y cristales que los pintores transformaban en polvos para pintar eran los mismos que podían encontrarse en el ámbito de la metalurgia, en un gabinete de algún interesado por los procesos alquímicos o en los morteros y frascos de una botica. Y es que el arte de hacer colores se vinculaba con cada una de estas actividades, y una antigua tradición los ligaba con los cuatro elementos primordiales – agua, tierra, aire y fuego -, con los cuerpos celestes, los humores y el zodíaco. Así, cada metal era influído por un astro, “Sol, al oro; a la plata Luna; Venus, al cobre; Marte, al hierro; Saturno, al plomo; Jupiter, al estaño (...)”, cargándose de sentidos y simbolismos, como puede advertirse en fuentes tanto americanas como europeas de la época.

Las Indias Occidentales, con su despliegue de “maravillas” y “curiosidades” no exentas del afán de conquista y control del territorio, pasaron a formar parte de este universo en el que se intersectaban el deseo del saber con el de los beneficios económicos que este saber podía brindar, y ciudades como Potosí o Huancavelica se instalaron rápidamente en el imaginario de muchos mineros y estudiosos de los tesoros subterráneos del otro lado del océano, muchas veces con una cuota alta de exotismo y fantasía.La obra del padre Álvaro Alonso Barba, quien vivió en Potosí durante la primera mitad del siglo XVII, da cuenta de este vínculo entre color, metalurgia y hermetismo. Los colores se desplegaban entre las páginas de su libro, evidenciando que sus posibles lectores no eran sólo personas interesadas en la metalurgia, sino también aquellos que manipulaban estas sustancias para otros fines, como, en efecto, los pintores.
Ciencia, magia, astrología y alquimia recorrían, entonces, el universo de saberes respecto del bermellón, el cardenillo o el oropimente. Este encuentro se vio favorecido por la difusión de los libros de secretos, que, de manera amena, combinaban saberes útiles y prácticos con aquellos considerados “ocultos”.
Pero los colores no sólo escondían este costado. También curaban.

La propiedad terapéutica de los colores, de larga tradición en la cultura occidental, se combinó, en el horizonte andino, con saberes autóctonos respecto de las especies minerales, vegetales y animales ligadas al color. En el ámbito de las boticas, donde los pintores podían adquirir los pigmentos, los materiales de la pintura ofrecían otras dimensiones de sentido.
Entre hornos, cazos, cuencos, pinzas, alambiques y demás utensilios, la presencia del cinabrio, el oropimente, el bol arménico, o el minio – dispersos en los estantes o frascos de espacios ligados a la metalurgia, la alquimia o la farmacopea –, exhibía un uso y una simbólica que trascendía ese espacio y se escurría entre las discusiones de quienes los depositaban en escudillas o los molían finamente para que sus imágenes adquirieran cromatismo, brillo o resplandor. La alquimia de ciertos elementos o la transformación del aspecto y el color de los minerales al someterlos a distintos agentes, con su consecuente identificación con características que iban desde la “corrupción” (el plomo del albayalde) y la “pestilencia” (el cardenillo) hasta la “purificación” (el mercurio y azufre del bermellón), eran tópicos ineludibles en muchos textos. Estos saberes incluían la idea de la simpatía y antipatía entre los colores, a la vez que prometían distintas maneras para aprovecharlos e, incluso, adulterarlos.
A su vez, la extrañeza de sus formas y la simbólica de sus cualidades, permitió que también se instalaran en los gabinetes o “museos” de curiosidades y “meraviglie”, entre animales y piezas exóticas. Ya en el ámbito de la farmacopea, estas sustancias – molidas en morteros y guardadas en frascos como simples –, eran el dominio de la praxis y saber de los boticarios y los especieros. Entre morteros y cedazos, minios, cardenillos, oropimentes, cinabrios, gomas y resinas eran preparados para sanar distintas dolencias. Las tierras purgaban y curaban los lamparones, el cardenillo “consumía la malicia”, y la Sangre de Drago – de color rojo – fortificaba los dientes, el oropimente sanaba la sarna y los cólicos, el añil tenía propiedades astringentes, mientras que los polvos de malaquita ayudaban a curar la melancolía.
Para los indígenas que molían estos pigmentos o sustancias del color, las prácticas de curación por color incluían no sólo su ingesta sino también su contacto con el cromatismo de piedras, maíces, o conchas de mar.

EL PODER
El color – como materia o como cromatismo – ocupaba un lugar de relevancia en la vida cotidiana andina. Incluso podemos decir que, en estas sociedades y desde mucho antes de la conquista, el color estructuró formas de convivencia entre los hombres, y entre éstos y sus sacralidades. Como signo de malos agüeros en los celajes, como elemento indicador de festividad en los arcos de flores y sogas multicolores que adornaban ceremonias (los que más tarde también formarían parte de las fiestas y procesiones de la nueva religión), como dispositivo cromático en los pares de queros ceremoniales, o como factor ordenador de grupos dominantes y dominados
“El primer privilegio que el Inca dio a sus vasallos fue mandarles que, a imitación suya, trajesen todos en común la trenza en la cabeza. Empero que no fuese de todos colores como la que el Inca traía, sino de un color solo. Y que fuese negro”

La vestimenta de Incas, Collas y Ñustas, con sus uncus, mascaipachas y llicllas plenas de destelleantes rojos, verdes, amarillos o azules desplegaban algo más que fastuosidad. Desplegaban poder.
Frente a los vistosos tocapus, las plumas de colibríes o guacamayos que habían guardado lazos con la sacralidad y el poder, la iridiscencia de las aguas al amanecer, o la policromía indeterminada del arco iris – todos estos elementos asociados a la presencia de la dominación incaica sobre una heterogénea gama de pueblos y comunidades –, los colores ligados a la dominación española ofrecieron un nuevo panorama presente en las imágenes cristianas.
El proceso de evangelización dispuesto en el Virreinato del Perú utilizó la imagen como su mejor aliada, estableciendo una diferencia bien clara entre los ídolos que los indígenas adoraban y aquellas representaciones que venían a suplantarlos. El ídolo, cargado de poder en sí mismo, guardaba una presencia efectiva pero “falsa” de los dioses. La imagen cristiana, entendida no como presencia sino como representación de lo sagrado, estaba en “lugar de” Jesucristo, la Virgen María, el Espíritu Santo o Dios Padre, protagonistas de la “verdadera” religión. Su poder no residía en lo que eran – lienzos, pigmentos o maderas – sino en lo que representaban. Esta concepción fue reforzada por la palabra, a partir de la práctica de los sermones – verdaderos instrumentos retóricos de persuasión –. Pero estas prácticas basadas en la oralidad y la visualidad no bastaron. El plan programático y oficial conocido como de “extirpación de idolatrías” fue la estrategia más contundente para erradicar todo rastro o huella del pasado o la memoria. Toda evidencia de sacralidad, o lo que se creía ella era, fue destruida.
Sin embargo, allí quedaban los polvos de colores. Bermellón, azurita, cardenillo, o hematite eran besados y soplados al aire en cultos cotidianos y privados, o enterrados junto a los ancestros, mientras, paradójicamente, eran aplicados en aquellas imágenes que venían a “sustituirlos”. Hijos de las minas y los metales “adorados”, ellos exhibían una potestad casi imperceptible, albergada en su propia materialidad.

Dra. Gabriela Siracusano
Resumen del catálogo de la exposición “Colores en los Andes. Hacer, saber y poder”
Museo de Arte Hispanoamericano “Isaac Fernández Blanco”.
23 de octubre de 2003 al 31 de marzo de 2004.
Curaduría: Dra. Gabriela Siracusano

<<

 

El retorno de los inmigrantes

Recuperar la perspectiva del actor. Recomponer, hasta donde nos lo permitan los fragmentarios trazos de esa perdida cotidianeidad que a través de los documentos pueden llegar hasta nosotros, los itinerarios colectivos y la experiencia de aquellos que en definitiva habían sido sus verdaderos y únicos protagonistas. He aquí algunos de los objetivos que están en el centro de las preocupaciones de quienes, los últimos treinta años, han tratado de examinar con nuevos ojos un proceso cuyas implicancias, en la definición de muchos de los rasgos que caracterizaron después los comportamientos de la moderna sociedad argentina, no escapa seguramente a nadie y pareciera innecesario destacar ahora. Nos estamos refiriendo, desde luego, a las migraciones, de matriz europea, latinoamericana o de otras procedencias, cuya profunda huella nos es incluso posible más modestamente rastrear a través de nuestras propias historias personales o familiares las que, como sabemos, podrían muy bien fuera de toda duda atestiguar los alcances de un fenómeno por donde se mire omnipresente.
El escenario, empero, el modo cómo en adelante las migraciones han sido representadas por los estudiosos en la materia, o por quienes estuvieron detrás de una clase de resolución como ésta que, como se entenderá, se debía por fuerza superponer sobre otras interpretaciones previas, a las que modificó según los autores sustancial o parcialmente, como es la idea misma del “Crisol de Razas”, que operó largamente como “mitología orientadora” en la formación de una especie de “consenso” o de “sentido común” compartido pero que recién alcanzó una más precisa formulación científica en la década de 1960, las propias crónicas antes formuladas desde las colectividades o desde los actores contemporáneos de la inmigración masiva, obedece a una pluralidad de razones que, en su conjunto, parecen difíciles de explicar, aunque igualmente trataremos de señalar algunas.
En primer lugar, las nuevas formas de aproximación se presentaron como una alternativa válida para aquellos que buscaban oponerse, diferenciándose, de los enfoques estructurales a los que criticaban por su escasa capacidad descriptiva; jaqueados como estaban además por los acontecimientos que desde mediados de la década del ochenta habían puesto en evidencia el rotundo fracaso de sus capacidades predictivas, desde la caída del muro de Berlín, hasta el “Fin de la Historia” por el triunfo del mercado de Fukuyama, pasando por las recurrentes crisis que afectaron a las economías tercermundistas y que exigieron del “retorno del pasado” para tratar de dar cuenta de algo que no podía ser explicado dentro de los cánones ortodoxos del neoliberalismo (Levi, 1991). Interpretaciones todas que, si diferentes entre sí, como es fácil advertir, sin embargo en el análisis de las migraciones coincidían al sistemáticamente pensarlas como las hijas dilectas del capitalismo, haciendo énfasis en el funcionamiento del “sistema”, erigido de esa forma en el verdadero objeto de investigación, lo que dio lugar a una concepción demasiado lineal de los flujos, por no decir también demasiado mecánica y estática, que según desde donde se los mirara solía poner el acento en los factores de “repulsión” o de “atracción” (lo que configuraba el modelo pull/push en su acepción más sofisticada), a la vez que las comprendía como desplazamientos unilaterales y definitivos que se producían de país a país, y en que la asimilación en el destino era algo en todo caso inevitable, por lo las decisiones de los emigrantes eran pasadas por alto o directamente ignoradas por considerarlas irrelevantes en definitiva (Ramella, 1995).
Se llegaba así a la paradójica situación de haber dado lugar a una forma de ver a las migraciones, que era contradictoriamente la una de “historia sin gente” siendo que supuestamente refería a inmigrantes, o que se daba el gusto subrayar algunos factores a costa de groseramente desestimar otros, por lo demás demasiado evidentes para ser eludidos, como la muy obvia constatación de que los hombres habían estado emigrando siempre; extraviando de esa forma, en su presunto afán de objetivación, esa irrenunciable meta de los historiadores que debiera ser invariablemente tratar de captar la condición dinámica de los procesos que describen.
Mejor aún, aunque hubo autores no lo entendieron así, desde el principio las comprobaciones lo fueron sobre todo empíricas, surgidas del análisis por ejemplo de fuentes tan tradicionales como aquellas, estadísticas y censales, sobre las que se erigió la interpretación primera de los sesenta. Pero que, puestas bajo nueva luz, fueron capaces de relevar inesperadas facetas, como los altísimos índices de retorno que en mayor o menor grado había caracterizado a casi todas las colectividades, viniendo a de esta forma desmentir la presunta unidireccionalidad y condición definitiva de unos flujos que, en su versión más tradicional, en realidad, funcionaban en conformidad con los mecanismos de compensación propios del mercado. Una conclusión que, sumada a otras, como aquellas surgidas de la exploración de otros nuevos materiales, por lo general fuentes uninominales localizadas tanto en el lugar de origen como en el de llegada (como, entre otros, los permisos de embarque, los policiales o expedidos por las autoridades jurisdiccionales, los nulla osta, las listas de desembarco, las cédulas censales, registros de socios de las mutuales extranjeros, censos municipales o actas de matrimonios parroquiales o del Registro Civil de las Personas), hicieron evidente que los inmigrantes llegados aquí, antes que proceder de un determinado país lo eran sobre todo de ciertas regiones y dentro de ellas de comunas dirigiéndose en el destino a su arribo a específicos lugares de destino, lo que nos revela un panorama enormemente más rico y complejo de aquel otro previo, hecho todo de fuerzas impersonales pero que, más interesante aún, devolvía el control de todo el proceso, y de su vida, a quienes habían sido sus verdaderos intérpretes.
Personas que, enfrentadas a situaciones de crisis, porque desde luego tiene que existir una razón para partir, si bien esta no tiene por qué ser exclusivamente aunque sí tal vez la mayoría de las veces preponderantemente económica, manejaban un cúmulo de respuestas. Soluciones de las que solo una es emigrar pero no necesariamente la única, lo que los aleja de esa oprobiosa analogía con el perro de Pavlov, que reproduce siempre las mismas y repetidas conductas ante estímulos similares, subrayada por algunos, restituyéndoles además su condición de seres racionales que deciden, obran y piensan, escogiendo remedios, mas no en el vacío supuesto por imaginarios mercados en donde la información es libre y disponible para todos de igual manera y no existen restricciones que impidan la movilidad tampoco, sino que operan, y no para maximizar sus ganancias o por haber sido proletarizados sino todo lo contrario en la generalidad de los casos para evitar proletarizarce, en el marco de precisas estrategias formuladas en el marco de estrategias familiares de sobrevivencia (Baily, 1992). Cómo lo han podido comprobar aquellos trabajos que, tomando por base a la documentación expedida en las aldeas de origen, han logrado demostrar que las familias que residían en el lugar controlaban, por sus miembros emigrados, información de un número limitado de destinos orientando a sus miembros hacia la mejor opción en caso de que creyeran conveniente seguir el mismo camino. Es decir, los potenciales inmigrantes actuaban a partir de un limitado elenco de alternativas, con objetivos y recursos, que no eran exclusivamente suyos sino que involucraban a todo un conjunto de personas con él relacionadas, pero que les permitían a la vez minimizar los riesgos de semejante decisión hasta donde eso era posible. Eso explica también porqué, contra lo que habitualmente se suele pensar, las migraciones transatlánticas eran una experiencia que excluía (como sucede hoy) a los sectores más pobres y desvalidos. Es que, vistas en términos de una inversión que implicaba costos, comenzando por el pasaje, y expectativas de beneficios; quienes la encaraban debían disponer de un pequeño patrimonio o de recursos, aunque más no sea relacionales, que les permitan hacer frente a esos gastos. Por eso fueron campesinos, propietarios de pequeñas parcelas, como se ha podido probar en todas partes en donde se ensayaron esta clase de análisis, los que habrían de partir, más nunca trabajadores ocasionales, jornaleros o braceros (a no ser que medien coyunturas excepcionales como la concesión por parte de los gobiernos sudamericanos de pasajes subsidiados). Y es por eso también que, si el propósito es siempre mejorar la propia situación, esa mejoría no es siempre necesariamente proyectada en el destino sino que, la mayoría de las veces, suele serlo para solucionar una situación de crisis o allegar recursos, consolidando su posición en el origen, aunque se trata de estrategias mudables y que pueden cambiar, con las circunstancias, sus objetivos (Devoto, 2003).
Eso no era todo sin embargo. Una vez llegados a la Argentina, eran esas mismas redes sociales las encargadas de proveerlos, según la muy clásica definición de cadenas migratorias, además de un ámbito de sociabilidad en que se reconocieran, de alojamiento inicial y empleo en el nuevo país. Elemento este último que explica las concentraciones detectadas de inmigrantes de un mismo origen en especializaciones o nichos laborales, en no pocas ocasiones aprovechadas por empresarios, que plantean el problema de la segmentación del mercado de trabajo, pero también además de la emigración no sólo como experiencia de la solidaridad si no de la explotación por parte incluso de parientes previamente establecidos. De ahí la importancia, de rescatar toda la documentación personal (correspondencia, fotos, memoria de inmigrantes, libros de viajes, registros orales, archivos de voces), los objetos materiales (muebles, enseres domésticos, vestimentas, herramientas de trabajo de los distintos oficios), medios de información (prensa local, prensa étnica, bibliografía) o de sociabilización (recreaciones o registros de fiestas, libros de diverso tipo de las mutuales extranjeras, cancioneros, repertorios de bailes, hábitos alimenticios) que nos permitan percibir todas las dimensiones opuestas, aunque no necesariamente contradictorias, de sus vidas, sus logros y de sus estrategias. De modo de percibir, en su compleja articulación con la sociedad local, sus cambiantes de significados (Ginzburg) pero también de restituir sensatez y contenido a los conceptos que orientan nuestras explicaciones restituyéndoles esa perdida humanidad que hasta hace poco parecía extraviada para siempre.

Dedier Norberto Marquiegui
Investigador de Carrera del Consejo Nacional de Investigaciones (CONICET)
Profesor de la Universidad Nacional de Luján (Unlu)

<<