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    Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco  
 
  Colecciones
El patrimonio del Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco es de procedencia heterogénea. A la colección base de su fundador, conformada por la fusión de piezas de diversos orígenes, se sumaron otras de la misma importancia: por fusión (Museo Colonial), por donación (legado Celina González Garaño y otros), por derivación (Museo Municipal) y por compra (Convento de Santo Domingo, Iglesia del Pilar, Convento de Santa Catalina de Siena, remates, anticuarios, etc.). Como resultado de estos hechos legales y administrativos operados sobre la institución, ésta fue adquiriendo un perfil bastante alejado de las intenciones iniciales. El antiguo museo, casi personal, creado por Isaac Fernández Blanco, donde se ponía más énfasis en lo histórico genealógico que en lo artístico, y donde se conjugaban por partes iguales el período colonial y el republicano del siglo XIX, dejó de existir para dar lugar a una nueva institución dedicada casi exclusivamente al accionar artístico de la sociedad virreinal. Para tal fin, este patrimonio cuenta con excelentes muestras de las artes desarrolladas en el período colonial.

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Platería

El hallazgo del cerro de Potosí en 1545, a menos de 15 años del desembarco español en el Perú, amplió el espectro de explotación minera a cifras nunca antes soñadas por europeo alguno. Marcó el nacimiento del capitalismo moderno, instalando por tres siglos el apogeo de la plata en el mundo y enterrando para siempre el carácter ritual de los metales preciosos. A lo largo del período virreinal, las clases acomodadas de toda América se abastecieron tanto de plata circulante del Potosí, en barras o monedas, como también y principalmente de objetos de plata labrada como parte de sus enseres personales, que los distinguía como clase y como españoles. Para ello, no sólo propiciaron la entrada permanente de plateros europeos y absorbieron los conocimientos metalúrgicos y artesanales de los indígenas que se establecieron en las ciudades, sino que a través del intercambio comercial adquirieron permanentemente, tanto para el esplendor de sus iglesias como para el renombre de sus hogares, platerías provenientes del Cuzco, Potosí, España, Brasil y Portugal. Para el hombre colonial, poseer platería era indicador de riqueza. La riqueza era sinónimo de éxito. El éxito conllevaba prestigio y el prestigio era una cuestión de honor.
La colección de platería virreinal del Museo Fernández Blanco supera, en número de ejemplares, a cualquier otra colección pública del Cono Sur. Posee obras de los siglos XVII al XIX, provenientes de talleres de Lima, Arequipa, Cuzco, La Paz, Potosí, Río de Janeiro, Minas Gerais, Chile, Buenos Aires y las misiones franciscanas del Paraguay, que cubren la mayor parte del espectro de los centros plateros sudamericanos. A éstos debe sumarse una selecta colección de piezas europeas entradas al territorio en período colonial, provenientes de las ciudades más importantes de la península ibérica: Córdoba, Cádiz, Barcelona, Madrid, Oporto y Lisboa.


Pintura

En América, las principales armas de evangelización fueron la palabra y, principalmente, las imágenes. La Iglesia fue el gran comitente que permitió el desarrollo de escuelas y talleres pictóricos debido a la necesidad de abastecer de grandes programas iconográficos a los conventos, iglesias y doctrinas. En ciertos casos, la misma Iglesia respondió a su propia demanda, con el envío de evangelizadores aptos en la enseñanza y la producción artística. A éstos se sumó una generación de artistas europeos, principalmente italianos, llegados a América en busca de fortuna. Estos maestros serían los introductores de la primera escuela pictórica andina, la cual se asentó en las bases del manierismo romano.
El arte flamenco, durante los siglos XVI y XVII, también estuvo presente en América gracias al envío continuo de estampas, libros ilustrados y pinturas en tablas y láminas de cobre, que solían utilizarse como fuentes iconográficas.
A partir de las décadas de 1620/1630 se produce la eclosión del primer barroco español. El arte de la pintura en América se vio sacudido por el envío masivo de obras seriadas, provenientes de los grandes talleres sevillanos.
En 1688, en plena ebullición del estilo barroco, se produjo en el Cuzco una profunda crisis gremial entre los pintores de origen español y los de origen indígena. Los malentendidos y prejuicios entre ambos grupos provocaron el alejamiento de los segundos del sistema gremial europeo. Sin ataduras a las reglas, los artistas nativos adquirieron una mayor libertad de expresión. Este proceso se profundizó a lo largo del siglo XVIII, cuando las imágenes adquirieron el carácter de icono. La eliminación de la perspectiva, la posición frontal de los personajes, su hieratismo, el brocateado de sus vestidos y la inserción de los mismos en espacios neutros o artificiales alejó a la pintura andina, indefectiblemente, del arte europeo, creando un estilo propio, acorde con una clientela autóctona, masiva y de perfil altamente piadoso.
El acervo de pintura colonial del Museo Fernández Blanco es el más completo de la Ciudad de Buenos Aires, superando en número al de cualquier otra entidad. Se halla integrado por un importante espectro de pintura cuzqueña, la escuela más importante del continente por su sistema de producción protoindustrial y su capacidad de distribución por el territorio. Le sigue en orden la escuela potosina, la más prestigiosa de las escuelas virreinales de pintura por su apego al tembrismo zurbaranesco, con excelentes ejemplares de grandes maestros como Melchor Pérez Holguín, Gaspar de Berrío y Joaquín Caraval. El espectro se completa con ejemplos de la escuela virreinal mexicana, de la escuela del Lago Titicaca, pinturas realizadas en el territorio argentino por maestros coloniales como Felipe de Rivera en Salta y Angel M. Camponeschi en Buenos Aires y obras de origen flamenco y sevillano, entradas al país durante los siglos XVII y XVIII.

Imaginería

En el mundo europeo, el Concilio de Trento (1545-1563) reformó sustancialmente la interpretación de la imagen religiosa. Las pautas por él determinadas generaron un nuevo prototipo de santidad y España fue el mayor soporte de la religiosidad postridentina. Por vez primera, los artistas fueron asimilados como medio transmisor de los nuevos criterios pastorales. El espíritu barroco intentó, mediante el ritual y la representación, recrear de la manera más fidedigna la Encarnación de Dios en la Tierra y buscó revivir el impacto espiritual de todos sus protagonistas. Las imágenes, presas de sufrimiento, meditación o arrobo, lograron trasmitir la ilusión de esa magnífica presencia. Los imagineros españoles hallaron en la madera el material óptimo para recrear las más variadas formas anatómicas, los diferentes estados anímicos y espirituales y, a través del recurso de la policromía, acentuaron el realismo deseado.
América, en pleno proceso evangelizador, requirió una producción imaginera imposible de satisfacer sólo con la importación. La Iglesia, en su rol de comitente, promovió el desarrollo de escuelas escultóricas que pronto adquirieron características singulares. Los tallistas españoles radicados en las principales ciudades coloniales generaron en torno de sí grupos que, con las técnicas adquiridas, hicieron una apropiación de esa tradición. De este modo, los artistas indígenas y mestizos reelaboraron los modelos peninsulares. El realismo inicial adquirió mayor estilización al exagerar los efectos naturalistas, provocando mayor patetismo y teatralidad. Las imágenes religiosas en el mundo americano no sólo ocuparon los altares, sino que se destinaban a la mayoría de los espacios públicos, principalmente al ámbito privado, por lo que la escultura fue la expresión artística más desarrollada en todo el continente.
El Museo cuenta con más de 250 ejemplares de imágenes religiosas coloniales en madera, alabastro y marfil. Estas van desde grandes tallas destinadas a los altares principales e imágenes de procesión, tanto de bulto como de vestir, hasta pequeñas imágenes destinadas al culto privado, como los pesebres. Se destacan entre ellas las provenientes de las Misiones Jesuíticas Guaraníes, de Perú, de Quito, del altiplano boliviano, de Brasil, de España, de Filipinas y, principalmente, las de Buenos Aires, que dan cuenta del alto grado de desarrollo que alcanzó esta disciplina en nuestro medio.

Otras colecciones virreinales

El Museo cuenta con grandes colecciones de otras expresiones artísticas. El mobiliario barroco, representado por ejemplares de diferentes estilos coloniales entre los que se destacan el altoperuano, el peruano, el jesuítico de Paraguay, Moxos y Chiquitos y principalmente el estilo luso-brasileño, en el Río de la Plata. Otro acervo de peso es el de los textiles, con una extensísima colección de ornamentos religiosos como casullas, capas pluviales, dalmáticas, bolsas de corporal, manípulos y otros provenientes de América, España y Filipinas, de los siglos XV al XIX. La complementan colecciones de cerámica, numismática, grabados, fondos bibliográficos y alhajas, todas correspondientes al mismo período.

 

El siglo XIX

El Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco nació como un museo histórico, por lo cual en el pensamiento de su fundador, el siglo XIX tuvo la misma importancia que los siglos anteriores y más del cincuenta por ciento de su patrimonio pertenece a dicho período. Su acervo de pintura argentina decimonónica supera los 250 ejemplares con firmas como Goulu, Pueyrredón, Pellegrini, Rugendas, Blanes y Della Valle, entre muchas otras de igual jerarquía. Las artes aplicadas, tanto argentinas como europeas, se ven representadas en grandes colecciones de platería, mobiliario, porcelana, grabados, impresos, fotografías, abanicos, peinetones, alhajas, indumentaria, medallística, numismática y fondos bibliográficos, entre muchísimas otras.