Los
primeros coleccionistas argentinos mostraron una singular
determinación a la hora de elegir objetos para ilustrar
la historia, inclinándose hacia la genealogía.
Buscaron y recolectaron títulos de hidalguía,
ejecutorias, escudos de armas y archivos epistolares. Esta
tendencia se vio complementada por el acopio de retratos antiguos
o conmemorativos, tanto de antepasados como de figuras trascendentes.
De este modo fueron rescatados de los viejos edificios coloniales
los rostros ideales de los conquistadores, reyes y virreyes,
y los enlazaron en la galería de héroes nacionales.
Las platerías coloniales de Perú, Bolivia y
el Río de la Plata, así como el mobiliario lusobrasileño,
las monedas y medallas, los libros antiguos y los documentos,
daban cuenta del accionar de un grupo particular en el territorio
argentino por casi trescientos años. Eran los testimonios
de los padres que los habían precedido en el poder:
austeros y elegantes como el mueble lusobrasileño y
ricos y poderosos como la plata sudamericana.
El Museo de Arte Hispanoamericano Fernández Blanco
nació bajo este ideal, como todos los museos del período.
El legado de su fundador no escapó, salvo por ciertos
matices, a las generalidades de la época. El coleccionismo
de Isaac Fernández Blanco comenzó al acceder
a la herencia de su padre en la década de 1880. Para
esos años vivía en Europa, donde se avocó
a la adquisición de instrumentos musicales antiguos
animado por su ferviente vocación melómana.
Al mismo tiempo, preparaba en Buenos Aires una casa que había
adquirido, contigua a la de su madre, en la calle Victoria
(hoy, Hipólito Yrigoyen) 1418. Se trataba del casco
de una vieja quinta de principios del siglo XIX, que a lo
largo de veinte años fue transformando en una mansión
neorrenacentista de gusto ecléctico, soñándola
como marco ideal para el desarrollo y contención de
su colección de arte.
Vuelto a Buenos Aires en 1901, Fernández Blanco sustituyó
paulatinamente su obsesión por los instrumentos musicales,
dejándose invadir por su inclinación historicista.
Por medio de compras y algunas donaciones, fue rescatando
todo lo que sus parientes y las principales familias de su
clase ya rechazaban: abanicos, peinetones, documentos, iconografía
del período federal, mobiliarios y platerías
virreinales.
Su afán coleccionista lo llevó a tener asociados
que recorrían los territorios de la Argentina, Bolivia
y Uruguay para adquirir los objetos de los antepasados de
las familias antiguas. Tal fue el caso de Túbal C.
García, su comprador destacado en Bolivia y el noroeste
argentino. La Iglesia, en plan de renovación de sus
templos, los anticuarios y las casas de remates de todo el
país hicieron negocios con Fernández Blanco,
en especial vendiéndole piezas de singular rareza y
difícil ubicación en el mercado.
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Nueva etapa >>
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El
nacimiento del Museo
Ya desde la década de 1910, la mansión
de los Fernández Blanco se abría a los visitantes
interesados del país y extranjeros, y era la hija menor,
Naïr, la encargada de las visitas guiadas. Esto otorgó
a la colección el tópico de primer museo privado
de la Argentina y a Isaac Fernández Blanco la fama
de erudito y conocedor del pasado americano. A partir de esos
años comenzó la afluencia de donaciones espontáneas,
pues las familias criollas ya no sólo buscaban vender
bien sus antiguos acervos sino que, tomando conciencia del
valor intrínseco de sus herencias, aspiraban a la ubicación
de los mismos en un ámbito permanente y prestigioso.
En septiembre de 1921, Fernández Blanco trasladó
su familia a otro domicilio y abrió su casa como museo
permanente para toda la comunidad. En 1922 vendió el
edificio a la Municipalidad de Buenos Aires y donó
la totalidad de su colección a dicho gobierno, inaugurándose
como museo municipal el 25 de mayo de ese año. Permaneció
como director honorario hasta 1926, cuando su mala salud lo
obligó a retirarse del cargo, aunque continuó
acrecentando la colección del Museo hasta 1928, año
de su fallecimiento, adquiriendo obras de arte de forma particular
para luego donarlas a la institución.
Este mismo mecanismo fue implementado por su yerno y sucesor
en el cargo, el Dr. Alberto Gowland, gran admirador y colector
del arte virreinal. Al final de sus gestiones, el Museo de
Arte Hispanoamericano contaba con más de 9.500 piezas
de los siglos XVI al XX como patrimonio de los ciudadanos
de Buenos Aires.
En 1947, cumpliendo un decreto del año 1943 sobre especificación
de los museos, la colección hispanoamericana del Museo
Fernández Blanco se trasladó a su actual emplazamiento:
el Palacio Noel, en Suipacha 1422. Se sumó así
a la colección del Museo Colonial, que en 1936 había
fundado el arquitecto Martín Noel en su propio domicilio,
y al patrimonio virreinal proveniente de un antiguo museo
municipal, disuelto en 1940. En el mismo período, y
en cumplimiento del mismo decreto, se derivó la colección
de instrumentos musicales al museo del Teatro Colón,
los objetos históricos al Museo Saavedra y las colecciones
de arte español de Noel y Fernández Blanco al
entonces recién fundado Museo Larreta.
En 1963, el Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández
Blanco volvió a acrecentar su patrimonio gracias al
legado de Celina González Garaño, que reunía
más de 750 piezas de arte colonial americano. Asimismo,
en 1972, su cuñada María Teresa Ayerza de González
Garaño, a la muerte de su esposo Alfredo, cedió
parte de su colección de arte jesuítico-guaraní.
La donación se completó a su muerte, en 1989,
con un importante legado de imaginería, pinturas y
mobiliario coloniales.
Muchas donaciones y legados se destacaron en las últimas
décadas, no en número pero sí en calidad
y exquisitez de las piezas recibidas, como las de Ricardo
Braun Menéndez (1967), Fiat Concord (1970), Pedro San
Martín (1975), Max R. Von Buch (1978), Mario Hirsch
(1983), María A. Alcorta de Waldorp (1997), la familia
Angli (2002) y las sucesivas donaciones de las hermanas Mabel
y María Castellano Fotheringham en los años
1994, 1998 y 2003, entre otras de gran valor.
La adquisición de obras con fondos municipales fue
otra manera de acrecentar el patrimonio. Durante las décadas
de 1960 y 1970, como consecuencia del Concilio Vaticano II,
las antiguas iglesias y conventos argentinos llevaron a cabo
grandes modificaciones en sus templos, propiciando la venta
de parte de su patrimonio artístico colonial. La oportuna
intervención del entonces director del Museo, el profesor
Héctor Schenone, permitió rescatar del mercado
algunas piezas fundamentales de la producción imaginera
virreinal, así como valiosos ejemplares de mobiliarios
y platerías religiosos.
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Nueva
etapa
En octubre de 2000 se inicia un período inédito
en la historia institucional del Museo de Arte Hispanoamericano
Isaac Fernández Blanco. Por vez primera, la responsabilidad
de gestión recae en los cuadros técnicos y profesionales
formados a lo largo de los últimos veinte años
en el propio museo. A partir de esta circunstancia, se instala
el desafío de rescatar lo mejor de las gestiones precedentes,
pero también de abrir nuevas líneas y modalidades
de trabajo en la búsqueda de ofertas culturales alternativas,
una mayor afluencia de público y la modernización
de los procesos técnico-administrativos: replanteo
y tecnificación de los almacenes artísticos,
creación de nuevas áreas de reservas, metodología
de investigación y reclasificación del patrimonio,
ampliación de los talleres de restauración e
incorporación a los mismos de profesionales especializados,
rediseño de las salas de exhibición y producción
de un nuevo guión museológico como marco histórico
cultural del patrimonio expuesto.
Así, el Museo, con más de 80 años de
existencia, sigue trabajando para constituirse en el referente
más importante de la historia del arte virreinal iberoamericano
en el Cono Sur.
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El
Palacio Noel
Hacia 1880 la inmigración europea cambió el
perfil económico y social de la Argentina especialmente,
el de la ciudad portuaria Buenos Aires. Para 1914, la mitad
de los habitantes de la metrópoli eran extranjeros.
Las presiones de los sectores populares y medios de la sociedad,
en su mayoría integrados por inmigrantes, y la implantación
del sufragio universal pusieron fin a la primera etapa conservadora.
Desde mediados del siglo XIX, la alta burguesía argentina
buscó la modernidad, que los liberales promocionaban
afanosamente, en las formas y estilos europeos, generando
un eclecticismo desprolijo y pintoresco. En los niveles populares,
los grandes cambios étnico-políticos provocaron
un repliegue de la cultura criolla, la que se vio rápidamente
reemplazada por tradiciones europeas. Fue entonces que desde
algunos grupos de intelectuales se intentó frenar ese
avasallamiento.
La ruptura con la cultura europeizante establecida hasta el
momento se generó desde el sector literario, con figuras
de la talla de Ricardo Rojas, Rubén Darío y
Manuel Ugarte. Surgió así, en el ámbito
americano, lo que se denominó “primer nacionalismo”
que, a partir de la Reforma Universitaria de 1918, alcanzó
una mayor difusión dentro del mundo de las ciencias
y de las artes. Este movimiento comenzó a disgregarse
en tendencias como “indigenismo”, “hispanismo”
y “americanismo”. Esta nueva ideología
pretendía la regionalización cultural de América
Latina, en contrapunto al avance imperialista de Europa y
los Estados Unidos. La recuperación y difusión
de las tradiciones y las artes ibéricas- fueron -consideradas
el- medio por el cual -debían- unirse las naciones--
americanas-- para-- distinguirse de --otros pueblos y reconstruir
su identidad, encaminándose hacia un mayor desarrollo.
El propulsor más encendido desde el área universitaria
fue Martín Noel, arquitecto argentino graduado en l’Ecole
Specialle d’Architecture de París. Un año
después de su regreso a la Argentina, en 1914, y luego
de importantes viajes de investigación y excavaciones
por España, Bolivia y Perú, Martín Noel
instaló en su grupo académico porteño
la polémica eclecticismo vs. neocolonialismo. Con más
de una veintena de volúmenes publicados y un sinnúmero
de artículos en medios especializados, fue uno de los
teóricos más destacados de este nuevo movimiento
arquitectónico, desprendimiento artístico del
pensamiento nacionalista.
Noel no se limitó a la especulación
teórica, sino que desarrolló una continua actividad
durante las décadas subsiguientes, tanto en la Argentina
y otros países sudamericanos, como en España.
En la gran mayoría de sus obras aplicó los fundamentos
estilísticos de su ideología.
Dentro de sus creaciones más destacables se encuentra
la construcción de su propia casa, inaugurada en 1922,
que compartió con su hermano, el Dr. Carlos Noel. Su
diseño, de inspiración barroca, es una notable
conjunción de elementos españoles, como sus
jardines andaluces, y peruanos, como sus balcones miradores
y sus frontis a la manera de retablos. No obstante, su formación
francesa y su cosmopolitismo no le permitieron evadir algunos
rasgos neonormandos en el ábside de la capilla y la
división a la francesa de la residencia en dos cuerpos
independientes entre sí, de tres niveles cada uno,
así como un cierto toque californiano más acorde
con las comodidades de una vivienda de los años veinte.
La familia Noel habitó la casa por escaso tiempo, pues
en 1936, debido a su elevado costo de mantenimiento, decidió
venderla a la comuna por un monto simbólico que incluía
la mayor parte de la colección de arte hispanoamericano
y español que Martín Noel había adquirido
en sus viajes por el continente y España. El arquitecto
contaba con un excelente patrimonio de pintura cuzqueña,
muebles españoles y virreinales de estilo frailero,
imaginería y cerámica española, más
todos los elementos arquitectónicos antiguos adosados
a la mansión como parte de su terminación: puertas
de iglesia, retablos, balcones limeños y otros.
Con la base de este patrimonio se fundó el primer museo
que funcionó en la residencia y fue conocido con el
nombre de Museo Colonial. En 1943, un decreto municipal determinó
concentrar las colecciones del Museo Fernández Blanco
y el Museo Colonial, eligiéndose el Palacio Noel como
única sede por el concepto arquitectónico de
su edificio y por su capacidad. A partir de 1947 se denominó
Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco,
cumpliendo con la cláusula de la donación de
Isaac Fernández Blanco que establecía el nombre
que debía llevar el museo.
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